Rescatando la Loma

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Van y vienen. Llevan sobre sus hombros una carga que podría hundirlos en el hormigón. Acarrean, preparan la mezcla, repican… Construyen con arte de sastre y fuerza de hormiga. Pareciera que la Loma de la Cruz desfallece ante el arrojo de estos hombres; sin embargo, renace “escalón tras escalón”.

A partir de una necesaria inversión de la Empresa Provincial de Servicios Comunales, obreros de la Empresa Constructora del Poder Popular (ECOPP) asumieron el reto de rehabilitar, a inicios de este año, un sitio obligado para el visitante que descubre la urbe, orgullo del holguinero y símbolo de la Ciudad de los Parques.

La envergadura de la misión asusta a cualquiera, pero aún existen locos soñadores que lo arriesgan todo por embellecer y construir. Hace 173 días que comenzó la restauración de la escalinata, trabajo en exceso agotador. “Todo es manual. Es la obra más difícil que se acomete en la provincia y quizás en Cuba. Esto es un esfuerzo titánico e histórico”, asevera Guillermo Ramírez, uno de los 24 constructores de las dos brigadas (una de acarreo y aseguramientos, y otra, constructora) que garantizan la mano de obra.

En 1927, a instancias de Oscar Albanés Carballo, promotor cultural de la época, se comenzó a construir el paso, para facilitar la ascensión de los holguineros, tradición instaurada en 1790. Albanés recaudó fondos entre los lugareños y los materiales fueron transportados por mulos y caballos.

Esta vez, se pensó hacerlo de manera mecánica, a través de un güinche que halara un vagón sobre rieles, “pero había que abrir una trocha y sacrificar parte de la vegetación de la Loma, iniciativa que nadie agradecería”, comentó Ángel Heredia, director de la ECOPP en la provincia. Entonces, la idea salió del dibujo del proyectista.

“¡Ay, mamacita!”, deja escapar en un resoplido Juan Hidalgo Álvarez, de 60 años de edad. Este “puro de trabajo”, como le llaman sus compañeros, carga arena, gravilla, agua, “de todo, mija… Hay que hacerlo, la pincha es dura, pero hay que aguantarla y póngale el cuño de que terminamos”.

Mariano, su hermano, de 61 años, confiesa: “Este es el trabajo más fuerte de mi vida. Son miles de sacos los que pasan por este hombro. Nos dieron botas, overol, fajas, muñequeras, pero faltan las rodilleras, porque de noche las ‘cajas de bolas’ se sienten y de qué manera, aunque uno siempre se impone”.

Aunque les dieron botas, la mayoría usan tenis: “Porque aquí hasta las gotas de sudor pesan. Así nos sentimos más ligeros. El sol sofoca cualquier cantidad. Esto es paso a paso, descansas y sigues pa’rriba. Comenzamos a las 7 y seguimos hasta las 12 del día, los muchachos de la constructora siguen hasta tarde”, revela Luis Javier Durán Peña, mientras recobra fuerzas para continuar.

Osvaldo Martínez Sánchez, el jefe de obra, cuyos pies ya sufren el reiterado ascenso y descenso, los considera, pero no entiende de tregua: “Estamos en la primera etapa, que contempla la base de estilo militar y la mitad de la escalinata; ya llegamos al paso 8, de los 16 que tiene esta elevación. Trabajamos en los detalles, llegamos a tres descansos más allá del punto medio, ahora estamos en la terminación y repasando lo hecho. El trabajo es más cómodo, pero aquí fácil no hay nada”.

Ahora trabajan a 160 metros sobre el nivel del mar, distancia que recorren decenas de veces en cada jornada, el esfuerzo físico es extraordinario. Guillermo Ramírez ha perdido más de 20 libras desde que llegó, “ya ni gordo podemos decirle, esta Loma quema calorías”, dice uno de sus compañeros. La alimentación de los obreros tiene que ser reforzada; si ellos rompen récord de voluntad, bien podrían obviarse las normas que alguien planifica desde un buró. El sistema de pago es por estimulación, alrededor de mil 500 pesos al mes, en dependencia del trabajo que realizan, pero como aseguran los Hidalgo “este sacrificio no tiene precio”.

“Hasta el matrimonio lo hemos puesto en riesgo, porque llegamos a la casa a bañarnos, comer y caemos como piedras en la cama”, dice uno que no suelta la pala. A Víctor Piera Milanés le dicen el “Chamaquito”. Tiene 21 años y se diría que pesa menos que un comino, pero hay que verlo loma arriba: “Esto está feo, cuando uno sube tres veces con un saco de cemento al hombro, las rodillas gritan”.

Si antaño los holguineros contribuyeron con el fondo que financió la construcción de la escalinata, hoy estos constructores carecen de solidaridad. “Nos ha faltado ayuda, los jóvenes pasaron por aquí, pero no han venido más”, asegura Osvaldo.

Xiomara Mulet, arquitecta de la Oficina de Monumentos y Sitios Históricos de la provincia, destaca una cualidad de los obreros: “Han respetado las dimensiones del proyecto original, son unos
constructores muy laboriosos y receptivos”. Con el fin de sumar sus esfuerzos y ayudarse, suben cubos de mezcla, decenas de toneladas de cemento y metros cúbicos de piedra (grava de tres cuartos para hormigón) en una carrera de relevo. “En la unidad está el éxito”, asegura Martínez.

“En la segunda etapa habrá que bajar con los sacos. Para abajo todos los santos ayudan, pero como el peso te empuja, creo que va a ser peor. Hasta ahora no ha ocurrido ningún accidente y pensamos seguir así”, augura Osvaldo.

Cuando lleguen al escalón 458, estos hombres habrán cumplido con una tarea colosal. El símbolo más emblemático de Holguín lucirá una nueva imagen, el ascenso será mucho más cómodo y su proeza se sumará a las leyendas que protagoniza esta elevación, que adorna y ennoblece la ciudad. [end]

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