AMADA

Amada esconde sueños. Asume el desafío de vivir en el insomnio. Oficio que ella nunca buscó.

Despista las sombras. Aprendió a vencer el miedo y la soledad. Y anda así, en la oscuridad, desaliñándose y nunca desaliñada. Presume de aquella resistencia aparentemente blanda, de ternuras y nostalgia. Sin embargo, ejerce una fascinación que atrae, arrastra y asedia.

Sospecho que la tenacidad de esta mujer pertenece a su esencia, alimentada por las historias que, desde alguna estación de radio, le cuenta la madrugada.

Tras el velo de la noche ha conquistado el mito, supuesto o figurado, real o imaginario, que la envuelve. No se sabe bien si vigila o duerme. Confunde.

En la mañana, se diluye, se vuelve evanescente y escapa. Vence el cansancio y dibuja su hombre con besos y caricias. Esta mujer ha trabajado, trabaja y trabajará siempre.

Y cada día regresa allí, para desconcertar a muchos, a casi todos. Amada desborda todas la mujeres que encarna sin dejar de ser ella. Y yo, desnuda de palabras, solamente me atrevería a decir que Amada no es única.

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