Un patriarca entre metales

foto: Maikel García
foto: Maikel García

¿Su nombre?
“Pedro Leudis Ferrer Montero, para servirle”.

Y la mano que abraza denuncia el oficio. Este hombre, fabricado de tiempo y arrojo, conserva en un puño decenas de cicatrices. Impuesto a doblegar el metal, no teme a los golpes. Mas el sacrificio le ha ajustado cuentas con sus propios sueños.

Dicen que Leudis pudo ser bailarín…  
“Ahí, soy olímpico… –y la risa acorta la distancia–. Bailo y oigo cualquier tipo de música, disfruto tanto el canto lírico como un buen reguetón. Cuando voy a unos 15, parezco un niño, me divierto y luego, que me quiten lo baila´o”.

Huimos del ruido ensordecedor que agita la vida dentro del taller central. Mientras camina no hace otra cosa que lustrar su jeans adornado con remates de polvo rojo. Domina el terreno desigual y disfruta del equilibrio inestable que provoca este andamiaje ferroso. Llegó con 16 años, dispuesto a vivir años triunfales de lo que algunos creyeron época de derrotas.

¿Usted entró a la fábrica cuando los norteamericanos se fueron?
“A finales de 1960, vine a cuidar las propiedades, hacía guardia día y noche. Pero ya en el ´61 me habilitaron como aprendiz en el área de la mina. Fui ayudante de tornero en una etapa bastante dura. La tecnología era americana y no había piezas de repuesto, aquellos cabrones las escondieron y el país no tenía dinero ni dónde comprarlas. Con Presilla e Israel al frente, dos ingenieros magníficos, entre el grupo de mantenimiento y el de producción, echamos pa´ lante y revivimos la industria”.

¿Cómo el aprendiz se hizo tornero?
“En los talleres Emilio Veitía, ya muerto, me enseñó a ser tornero. Junto a Jorge y Leonardo Spencer fabricamos piezas de dragaminas americanas, hicimos innovaciones. Los “Ocoches”, camiones para el tiro de mineral, se demoraban más de un minuto para la descarga y nosotros le incorporamos un aro que dio un resultado magnífico, en menos de 15 segundos se descargaba la tierra de níquel. Logramos mantener el ciclo de la mina y agilizar el proceso”.

Pero Leudis no se quedó sembrado en la mina…  
“En los años ’70 me proponen pasar para el taller de maquinado, específicamente para el área de tornería. El déficit de piezas era insostenible y abrieron un cuarto turno. Después de la jornada laboral, recogíamos las piezas desechadas para limpiarlas, recuperarlas y ponerlas a funcionar, las que en una época tiraron los americanos, porque decían: ´Bota esa y pon una nueva`.
“En estos años asumí la responsabilidad de jefe de brigada. Lo que no aparecía lo inventábamos. Nos pasábamos muchas horas pega´os a las máquinas. A veces, en la madrugada, el calor nos agotaba y nos quedábamos en calzoncillos –la memoria es traviesa, los colores le iluminan el semblante–. No aguantábamos el overol. Por suerte, a esa hora nadie venía por estas naves”.

Ferrer, ¿entonces se ha pasado la vida remendando esta industria?
“No tanto; después del ´94 para acá han cambiado mucho las cosas. Vivimos una era moderna. Antes se perdían toneladas de níquel, porque no había un sistema montado, pero ahora todo funciona perfectamente, la fábrica ‘da la hora’, rompe hasta sus propios records”.

Rebelde hasta el pliegue final de la conciencia, persigue un argumento que lo defienda de la prisa que traen los años. Envuelto en una melancolía optimista procura dar vuelta atrás a los relojes.

¿Cómo se mantiene tan joven el único fundador en activo de la Empresa de Níquel Pedro Sotto Alba?
“La receta es poco complicada. Doy gracias, porque siempre he estado rodeado de jóvenes, enseñándolos a trabajar y uno se contagia. La juventud es lo máximo, divino tesoro”.

¿Y no teme que los más jóvenes lo suplanten?
“Les enseño todo lo que sé. Porque es bueno llegar, pero mejor aún mantenerse. Nos quedan minutos y la obra tiene que continuar. Hay que demostrarles que no siempre se vive época de abundancia, ahora comemos pollo, pero años atrás estábamos faja´os en la cafetera por bolas de yuca.
“Gracias a ellos también conservo mi mente joven. Me siento feliz, entro a un taller y la gente me llama, me quieren. El esfuerzo que he hecho no ha sido en vano, muchos de los que han trabajado conmigo ya son ingenieros, hombres de bien que me admiran. Tengo mis puñaladitas, pero no hablo por gusto, eso es bla, bla, bla…”

Viaja por los recuerdos con lealtad íntima y lucidez pública. Entre sus ojos no habita la vanidad. Se toma tan en serio las risas, que el ajetreo nunca apaga su energía. Atesora voluntad.

Medio siglo de existencia entre estos hierros, ¿no cree que es demasiado tiempo?
“Todavía me faltan batallas. Si tuviera que jubilarme lo haría, pero no quisiera, porque tengo “66” y estoy entero. Siempre he estado en la línea de fuego, tanto en la vida social como aquí en la empresa. Recuerdo con agrado mis tiempos al frente del movimiento obrero, del PCC, pero nunca he dejado ser el tornero. Jamás he jugado a los escondidos con el trabajo. Mi consigna es: qué hace falta, vamos a resolverlo.
“Aún no he cumplido. Tengo muchas cosas que contar, quizás algún día comience a escribir las mañas de mi oficio y su historia dentro de esta empresa. Soy privilegiado, porque cumplo 50 años trabajando y con tantas ganas como el primer día. Míreme, ¿no cree que hay Leudis pa´ rato?”

El de la chapa 1044, Pedro Leudis Ferrer, ¿contrajo compromiso de amante con la “Pedro Sotto”?
“La fábrica es mi vida y por ella lo doy todo. Si hay un pedacito de tierra que me ha llamado siempre es este. He venido a pie desde Moa hasta acá. Siento la fábrica pitando, guaaa…, y salgo inmediatamente de la casa. Si ella me necesita, no puedo quedarme tranquilo”.

Y más allá del metal, el olor a sulfuro y el níquel… ¿qué hace Ferrer?
“Acercarme a mi sueño. Si tengo mucho estrés, escucho música, para relajarme, o bailo con mi nieta. Así ahuyento a ‘la pelona’. Tengo varios cancioneros en la computadora de la casa, pero en esos momentos prefiero a Marco Antonio Solís.
“Bésame así despacito y alarguemos el destino… -el tornero comienza a cantar y en un arrebato concluye- Terminé, me fui a trabajar…”

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