Novia y señora en tierra roja

 

Medio siglo después, rememoraría la mañana cuando arrancaron nuevamente las maquinarias. Aquel remoto día, los cubanos no solo redescubrieron el mineral, sino hicieron posible el milagro. Moa era entonces un pueblo dentro de una fábrica.

Por los caminos desnudos andaban emigrantes de cualquier región del país: gente humilde que decidió salir con la casa a cuestas para anclar su suerte en el boom minero. Sus pasos provocaban torbellinos de fino polvo rojo. Crashss… bamm… de los sacos con mercancías, lanzados desde las goletas hacia el viejo muelle, agitaban el sosegado ambiente. La vida no iba más allá de las minas y el aserrío.

“Se fueron…, durante años se llevaron el níquel y hoy solo dejan los huecos”, comentaban los lugareños. Varios meses atrás, los barbudos habían liberado esas tierras y desde Washington comenzaron las presiones para “crearle dificultades al incipiente Gobierno de la Revolución cubana”. El imponente complejo industrial, que “algún día llevará el nombre de Pedrín” -Raúl Castro cumplió su palabra-, estaba casi desierto.

En abril de 1960, los periódicos anunciaron: “La Moa Bay Mining Company, generadora de más de 2 mil empleos, cierra la planta y retira todo su personal en Cuba. Norteamericanos auguran que ‘nunca podrán arrancar la producción’, pero ‘tengan paciencia, que todo en breve podrá ser diferente”. Y lo fue.

Los cubanos le dieron un “Girón” a la producción. El 5 de agosto se decretó la nacionalización de las propiedades de la compañía por el Gobierno Revolucionario. Y el 23 de julio de 1961, Demetrio Presilla materializaba el “se puede arrancar”. No le falló al Che. La antigua Moa Bay reiniciaba sus operaciones como Empresa de Níquel Comandante Pedro Sotto Alba (PSA).

Aquellos mineros tenían en sus manos un complejo industrial montado con materiales que constituían lo más moderno de la época; aquí se utilizó por primera vez en el mundo el proceso de lixiviación ácida a presión. No obstante, apelaron a la cubanísima alquimia de “oficio, ingenio y coo… raje”. El puñado de ingenieros se multiplicó. La universidad fue a “extramuros” y se acercó a la fábrica: técnicos y estudiantes terminaron su formación extrayéndole al mineral todo o casi todo el níquel y cobalto.

Aníbal Ariza está sembrado en la mina “y con retoños”. El ingeniero no olvida los maratones de 24 horas de trabajo tirando mineral: “Teníamos carencia de equipos y  personal. Uníamos todas las fuerzas para darle a la planta el abastecimiento que necesitaba. Esta fábrica tiene que producir por muchos años, por eso a los jóvenes les enseño todo lo que he aprendido en estos 48 años”.

Las huellas de Estados Unidos aún estaban clavadas en el barro. “Los muy cabrones escondieron hasta las piezas de repuesto”, asegura Leudis Ferrer, único fundador en activo. Sin embargo, el consejo llegó desde el Ministerio de Industrias: “Trabajador, construye tu maquinaria”. Nacía así el Movimiento de Innovadores y Racionalizadores.

De piezas averiadas y equipos dados de baja surgieron iniciativas que le ahorraron – aún lo hacen – cifras millonarias al país. El ingeniero Ermín Jiménez tiene el secreto: “Lo que piensa el cubano y lo que crea el moense con amor para esta fábrica, no se lo pudieron  llevar para afuera”.

En el corazón de la fábrica, los negros ojos del joven Orestes Tabera quieren beberse el cuarto de controles: “Cuando estudiaba, tenía el sueño de trabajar en la PSA, específicamente en la Planta de Lixiviación, y me dieron la oportunidad. Ahora, mi compromiso es cuidar lo que heredé, mantenerlo y mejorarlo. No le fallaré a la generación que logró hacerla producir ininterrumpidamente.

“Si cumplo con este legado, podré decirles a mis hijos que viví la época cuando la fábrica rompió sus récords de producción, cuando la cantidad de toneladas por día sobrepasaba cifras de industrias mucho más desarrolladas, porque no es la que más produce en el mundo, pero sí la más eficiente”, confiesa, orgulloso, el ingeniero de 32 años.

“No podemos dejar de hablar de la URSS, pues hasta el otro día hicimos la minería con los equipos que vinieron de allá. Cientos de trabajadores se formaron en Europa del Este. Gracias al Plan Novikov, entraron piezas y se rehabilitó y amplió el complejo fabril”, asegura Antonio Terrero. El tiempo no ha podido corroer los hierros que aumentaron la capacidad de producción en los ‘70 y ‘80: tercer espesador de pulpa, séptima etapa de lavaderos, cuarta caldera en la planta termoeléctrica, tercera línea de ácido sulfúrico y quinto tren de la Planta de Lixiviación.

Comienza la última década del siglo XX y, desde Europa del Este, una noticia estremece a la industria metalúrgica: se desintegra el Campo Socialista. El mercado y los suministradores abandonan la “Pedro Sotto”. Los mineros tienen que comerse una “dragalina” para que les asignen un par de botas y los mecánicos andan casi con “el alma en vilo”. Pero no todo estaba perdido.

En el Taller de Maquinado, gran nave techada con tejas traslúcidas, entre serpentinas de acero y chispas de luz, Julio César especifica: “Te voy a hablar claro. Aquí el espíritu de trabajo se mantiene. La producción está como nunca y todo es de nosotros. Eso, que nadie lo dude”.

“En 1994, hicimos lo que teníamos que hacer. A la vuelta de los años, comprobamos que la decisión de operar con capital extranjero fue correcta. Con la creación de la empresa mixta cubano-canadiense Moa Nickel S.A-Pedro Sotto Alba, la producción ha crecido sustancialmente y seguimos siendo soberanos e independientes. Los mil 600 trabajadores de este complejo se dedican a trabajar, sostienen con energía su industria de medio siglo”, asegura con vehemencia Luis Guillermo Rabilero.

foto: Maikel GarcíaLa jarana se escapa en el comedor: “Huelen a lavanda, salen del baño directo para la mesa”. En la fila, cientos de cabecitas rojas, blancas, amarillas, azules. ¿Por qué los mineros nunca abandonan el casco y las mujeres presumen de las botas y el pantalón?  La seguridad del hombre es prioridad de la industria. Luego, está el medio ambiente: rehabilitan, reforestan más de lo que devastan, porque Moa nunca debe ser un paisaje lunar. En el tercer puesto, después del capital humano y el desarrollo sostenible, están la producción y el costo.

Dos pilluelos sonríen desde la fotografía que adorna la mesa de trabajo de Milagro Leyva. La Subdirectora de Recursos Humanos no esconde su pasión por la vida y la tierra roja: “Moa no solo es la ciudad más joven de Cuba. Aquí están sembrados yacimientos minerales que el país necesita para desarrollar parte de su base económica. Moa es una ciudad del futuro”.

Hace 50 años, los cubanos calcinaron vaticinios imperiales y arrancaron un complejo metalúrgico que representaba la cúspide de la tecnología mundial. Desde entonces, los moenses están “empeñados en cambiar el color de la tierra con su esfuerzo”. Una producción histórica de un millón de toneladas de concentrados de níquel y cobalto avalan el arrojo de los hombres y las mujeres que viven al Este de Holguín.

La gente, la ciudad y la fábrica han cambiado. Sin embargo, cuentan los vecinos que si se afina el oído a media mañana, aún es posible escuchar el ruido de los motores de una avioneta Cessna y la prisa de varios yipes hacia el aeropuerto. Bien lo saben ellos… el viajero que quiso enseñarla a ser eficiente regresa a casa, porque olvidó su espíritu entre estas minas. Hoy, al verla, el Comandante Guevara reconocerá que su “novia virgen” es ya una Señora Industria.

fotos: Maikel García
fotos: Maikel García

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Un comentario en “Novia y señora en tierra roja

  1. una véz mas estoy orgulloso de pertenecer aesta empresa y inpresionante la forma en la que se esxpresa el caracter maduréz y sacrificio en el que crecimos, gracias.

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