Él también pudo ser Jacques Daguerre (I)

El fotógrafo va como si fuera / una mano de Dios, un elegido. / Impávido. Inclemente. No se altera (…). El fotógrafo sabe que lo espera / la soledad, la risa o el olvido. / Y una mujer con ojos de madera. / Y un espejo de vidrio envilecido.                                                        
                                                           Alexis Díaz-Pimienta

por Melissa Cordero Novo

Hay calma detrás de sus manos. Una calma que sube hasta los hombros y se acomoda, lúcida, a descansar sobre el pelo. Luego baja por las cejas, e intranquilamente se detiene en el centro del iris. Hay magia encima de sus ojos, debajo de los párpados, delante de la piel. Hay una suerte de caballero andante que hace de sus molinos los gigantes más pródigos, y de su lanza, la más perfecta de las construcciones. Hay misterios repartidos entre sus poros, hay enigmas, seguridades, desaciertos; y después están esas estrellas, en punta sobre la cien, y los cometas, las nubes, las alas de cucarachas, el pedacito de azúcar, la carretera, el café, la colilla de cigarro, el casco, los horizontes…

Ismael Francisco González Arceo parece un hombre común. Lleva pegado al cuerpo una cámara y varios lentes. Bajo el obturador guarda, disfrazado de sonrisa, el momento exacto; entonces va, sin permiso, a robarse las realidades. Cuando las devuelve, ya nada es igual. Llegó a la fotografía, más que por azar, por un tropezón del destino; y al destino le sangró el dedo pequeño del pie, y le subieron calambres durante el resto del día.

La silla es demasiado estática para soportar la intranquilidad de su frente. Entonces tiene que moverse hacia la derecha, detener el paso en seco, y a la izquierda, y volver a girar, y a la inversa… Las primeras palabras interrumpen la poca brisa de las paredes, y hacen que las gotas de sudor bajen más despacio. Ahora la vista se extravía. Reclina el asiento. Digo Bayamo, para desgarrar el reposo del tiempo; y las emociones saltan impacientes desde su garganta.

“Es la familia, la raíz. Pocos amigos. A veces uno pierde la continuidad y no sabe bien de dónde es, porque dices que eres de Bayamo y cuando caminas por sus calles nadie te conoce; y en La Habana te sientes un oriental. Pero la familia siempre queda: los tíos, las tías, los abuelos, los padres; eso es Bayamo”.

¿Eres el artista de la familia?

“¿En la familia?, ¿artista?, sí, el único; bueno, mi papá y yo, porque él también es fotógrafo. Hay un ingeniero, y los demás son casi todos cuentapropistas”.

Algún pasaje de tu niñez que haya influido en tu sensibilidad como artista visual.

“Recuerdo cuando tenía 8 o 9 años, mi papá fue a Angola por primera vez a trabajar como fotógrafo. Me trajo de regalo una foto: una niña con una muñeca en la espalda. Mi primer recuerdo de comunicación con una imagen fue esa foto, siempre la tengo en la mente, la he querido mucho”.

Antes que tu papá te regalara la primera cámara, ¿ya pensabas en la fotografía?

“Pensaba en la fotografía…mira, no sé, jugaba con las cámaras, lo recuerdo bien, las tenía como juguetes; pero prefería el rodeo y los toros más que una cámara”.

¿Qué semejanzas existen entre querer ser vaquero y ser fotógrafo?

“La realidad es que siempre busco apoyo en el rodeo. De niño me alejé de las vacas y los toros porque tenía miedo, pero ahora, después que soy fotógrafo, he regresado hasta ellos y me he expuesto más que antes. Es algo muy interesante, porque tengo que estar pendiente del trabajo y de la protección de mi vida. Eso me ayuda, y lo hago con frecuencia”.

La primera fotografía que publicas es precisamente de un rodeo. ¿Cuánto de frustración y realización hubo en ese hecho?

“Cuando esa primera fotografía yo tenía 10 años, la tomé en el Parque Lennin, donde se desarrollaba la quinta temporada nacional de rodeo. Yo quería ser vaquero. No podía; pero recorrí toda la Isla siendo una especie de mascota del equipo Orientales. Era un vaquero más, pero no montaba toros. Mi papá no me dejaba llevar la cámara a los recorridos, pero al Parque Lennin sí. Entonces me fui con Raúl López, un fotógrafo, y mientras él estaba subido en una cerca, yo, haciéndome el hombrecito, entré a la pista y tomé fotos allí. Esas fotografías para mí tienen un valor increíble. Y sí, fue frustrante desde el punto de vista que admiraba a esos hombres, su valentía, pero tuve que refugiarme en la cámara para poder estar ahí”.

¿Crees que un fotógrafo nace o se crea? ¿Cuánto de una y otra cosa?

“Yo creo que nace y se crea. Las dos cosas, porque se puede nacer fotógrafo y llegar hasta un punto donde eso ya no es suficiente, y entonces necesitas hacerte fotógrafo. Es como alcanzar la mayoría de edad. Hay que respetar la fotografía, y respetarla ya es un poco más que nacer con ella, hay que estudiarla, hay que prepararse”.

La vida en el lente

Está moviendo los pies de manera incesante, pero el suelo lo recibe con agrado. La mano traspasa la densidad del aire, y los ojos buscan lo que hay más allá de las realidades. La silla dobla ahora una esquina. Se recupera. Se tambalea. Se equilibra…

Comienzas a trabajar apenas con 17 años en el diario Granma, pero no precisamente como fotógrafo.

“Comienzo a trabajar de ayudante de impresora. Yo tenía que limpiar la tinta de las rotativas y dejar todo listo cuando se acabara la tirada del periódico. Aquellas rotativas tenían tres pisos de altura, y yo me llenaba de tinta, de churre, de grasa. También calibraba los rodillos, y después me costaba mucho trabajo quitarme la tinta negra y roja de Granma de la piel. Ahí empecé, y empecé a conocer ese mundo, y a amar la profesión de impresor.

“Tener 17 años y trabajar con personas de tanta experiencia, disciplina laboral y pasión por el oficio, me ayudó sobremanera. En aquella época, para un impresor o un periodista, lo más importante del mundo era que el periódico saliera. Y Granma era un diario, y las máquinas llegaron a tirar 1 millón de ejemplares, y empezabas a trabajar a las 10 de la noche y terminabas al otro día a las 5 de la tarde. Aquello fue despampanante”.

¿Fue esa una de las épocas más difíciles de tu vida?

“Sí, fue una época muy difícil, pero fue una época bonita. Difícil porque dejé todo lo que hasta ese momento había sido para mí una utopía, y empecé a darle un rumbo a mi vida. Luego de un año, salí de las máquinas y comencé a trabajar como aprendiz de laboratorio de fotografía, pero sin salario, porque no había plaza. Fue complicado. Me molestaba mucho trabajar los domingos, en esa época me molestaba muchísimo, además en Granma no había almuerzo los domingos. Eso fue muy duro, era un castigo doble”.

Sus carcajadas contagian. Tiene el poder de enmendar las tristezas y siempre intenta ver en colores la vida. Quizás haya encontrado el secreto que muchos desconocen; tal vez por eso no puede dejar de reír. Ismael sabe que el Capitán Mendoza, como él lo llama, le enseñó mucho más que a vivir. Sabe que la tinta de las rotativas fue la mejor savia, el perfecto abono; entonces despertó. Dos años más, sin salario, trabajando bajo toda exigencia, le valió la genuflexión del Jefe de aquel barco: estudiar periodismo, y una plaza como laboratorista de fotografía, fueron el premio. Ismael también sabe que los retos nunca han sabido a gloria, y que a golpes se moldea el acero. Entonces el Capitán le dio la última tarea: incorporarse a una microbrigada, sin derecho a casa, y a la construcción de las obras de los panamericanos. Todo lo hizo al mismo tiempo.

¿Cómo fue tu primera experiencia como reportero durante los Juegos Panamericanos de La Habana, 1991?

“Para mí fue un gran reconocimiento que me acreditaran para los Juegos Panamericanos sin ser todavía fotoreportero. Y aunque tuve que hacer doble el trabajo, no me importó, para mí fue la gloria. Los juegos fueron una locura. Empezaba a trabajar a las 8 de la mañana, terminaba a las 6 de la tarde, y a las 7 comenzaba mi turno de laboratorio, que se extendía hasta las 2 o las 3 de la madrugada.

“Asistí a muchas fiestas y comidas, incluido el primer día. Fue curioso: todos los fotógrafos acreditados estaban en la inauguración, y llamaron urgente al periódico porque necesitaban un reportero en el Bucán para cubrir una cena oficial que ofrecían a Fidel. El único que no estaba en la inauguración, porque hacía mi turno de laboratorio, era yo. Liborio me dio su cámara y me envió para allá. Allí estaba Fidel Castro, Mario Vázquez Raña, ex presidente de la organización deportiva panamericana, Juan Antonio Samaranch, Presidente del Comité Olímpico Internacional, estaba Ted Turner, fundador de la cadena de televisión CNN, Jane Fonda…. Fue una experiencia muy bonita y enriquecedora”.

La crisis de los balseros, el regreso de los restos del Che…

“Ojalá esos sucesos ocurrieran ahora. No creo que hiciera las cosas mal, pero sí pude haber hecho mucho más. El año 1994 fue muy convulso. Uno no estaba ajeno a la realidad que vivía, y de una forma u otra, afectó aquel estrés, y la crudeza de los acontecimientos. Pienso que fue un privilegio salir a trabajar cuando la apertura del Mariel, hay fotos que yo las miro ahora y todavía me dan miedo. Pero en aquel tiempo yo aún no tenía un dominio técnico bien formado para enfrentar esas situaciones, lo hice como pude. Me hubiera gustado haber tenido un poco más de preparación.

“El Che, 1997. Ya en ese año tenía un poco más de experiencia. No te digo que no me sorprendió la cobertura del regreso de los restos del Che, es que todo fue una sorpresa. No se sabía lo que iba a pasar, no había organización de ningún tipo, y todo ocurrió sobre la marcha. Los compañeros que fueron conmigo no pudieron descender del avión, incluido Ramiro Valdés. Yo salí solo, a enfrentarme a lo que viniera y tuve que hacer mis fotos. No sé cuántos periodistas habían en un pedacito de calle, por encima de mí volaba el dinero, volaban grabadoras, volaban cámaras, pagaban 100 y 200 pesos por una foto. Yo estaba en una posición favorable, pero fotografiaba entre dos policías antimotines, y entre sus escudos y las motos. Lo más complicado fue volver al avión. Tuve un encuentro muy fuerte con la policía en plena pista porque no me querían dejar subir. Eso estaba previsto de todas maneras. Estaba previsto que yo no pudiera regresar en ese vuelo y tuviera que volver a La Paz para tomar otro a La Habana. Pero yo quería llegar a Cuba junto con el Che, y lo conseguí.

“Recuerdo que cuando llegamos a la base de San Antonio, allí estaba Fidel. Yo quería estar presente en el acto, pero no estaba acreditado. Lo estaba para Bolivia, pero no para La Habana, y no, no pude entrar. Yo vine con el Che en el avión, pero no pude ver a Fidel. Eso me dolió mucho. Pero aquella fue una experiencia increíble, y ese año fue muy definitorio para mí desde el punto de vista de alcanzar confianza y respeto. Me busqué muchos problemas con los veteranos por ir a Bolivia, yo estoy convencido que ellos también se merecían ir, que todos los cubanos se merecían estar en Bolivia. Solo traté de hacer mi trabajo lo mejor que pude”.

Tuviste la oportunidad de exponer junto a los fotógrafos más destacados de la Isla, ¿cuánto te aportó en lo personal y profesional esa cercanía con figuras como Korda, Liborio, Salas y Corrales?

“Todo partió de un primero de mayo dedicado al Che. Cuando terminó el desfile, nos pidieron una fotografía a cada uno de los fotógrafos que habíamos estado allí. Yo envié la mía, pero no tenía idea de qué se trataba. Sucedía que Liborio, Korda, Corrales y Salas iban a hacer una exposición sobre el Che, y a seleccionar la mejor imagen de los que habíamos estado en la Plaza aquel día. Finalmente escogieron mi foto, y participé en esa primera muestra en el memorial José Martí. Fue un honor grandísimo. A partir de ahí, la curadora de la exposición me localizó, y me pidió alrededor de 10 fotografías mías para exponer junto con Liborio, Salas, Korda y Corrales en Londres, por espacio de un año, en una galería fija. Fue algo trascendental, me aportó muchísimo y marcó mi carrera”.

¿Cuáles han sido los momentos más difíciles de fotografiar tanto dentro como fuera de Cuba?

“Los más difíciles han sido los que encierran desgracias humanas. Eso siempre me ha golpeado. 1998 en Nicaragua fue desastroso. El huracán Mitch allí acabó. Yo tomé algunas fotografías que después de procesadas, no he vuelto a mirar, fue espeluznante. Me marcó mucho. Los huracanes aquí en Cuba también. La Isla de la Juventud me traumatizó, fue muy deprimente. Esas son el tipo de fotos que aunque muchos crean que uno se siente estimulado al hacerlas, no es así. Es muy difícil, porque uno no sabe hasta qué punto una persona que está pasando por un momento tan crítico, asimile las fotos como un gesto de solidaridad, o como una burla. A veces se crean unos silencios espantosos: las personas te miran y no…

(Continuará…)

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Un comentario en “Él también pudo ser Jacques Daguerre (I)

  1. Gracias por este trabajo tan maravilloso, a la periodista. También al fotógrafo por tanto talento y por sus incomparables memorias. Cosas como estas te hacen pasar un grato momento, como me acaba de suceder y también te dan buenas lecciones para la vida. Les deseo éxitos a los dos, muchísimos más….

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