Griselda en el reino de los chicuelos

Había una vez una muchacha llamada Griselda. Vivía en el campo y nunca había ido a la ciudad. Pero una mañana, en su primer paseo por la capital, encontró la puerta que la conduciría a un mundo habitado por chicuelos.

UN DÍA DE PASEO
“Tenía 19 años. Estaba de visita en casa de unas amistades en Lawton y escuché por la radio que Vilma convocaba a las amas de casa para un curso de asistentes educativas. Regresé a Holguín. Sin dormir la propuesta presenté la solicitud en la sede de la Federación; me aceptaron de inmediato. Al poco tiempo, unas cuantas holguineras íbamos camino a Ciudad Libertad”.

Era 1961. Y el sueño de otra joven que descalzaba botas de campaña, no solo le regalaba una oportunidad a la campesina de San Andrés, sino a todas las madres que desearan conquistar el ámbito productivo y social del país.

¿Y EN EL MES DE ABRIL?
“Después de graduada, empiezo a trabajar por un subsidio de 25 pesos, como asistente en la crèche de Holguín, antiguo centro de cuidado infantil, sustentado con aguinaldos por damas de sociedad. En agosto de 1961 pasa a ser círculo infantil Juana de la Torre, primero en el territorio”.

Surgía el más tierno de los proyectos de la nueva Cuba. Al principio, tenía el fin de cuidar a los pequeños, pero la meta se tornó más ambiciosa en la medida que creció. El padre que hizo realidad la utopía avizoraba que entre juegos y canciones podía emerger la educación plena del hombre.

DALE… DALE PA’L HOSPITAL
“Comienzan otros programas dentro del mismo proyecto y me escogen para un curso de orientadora de la Salud en Santiago de Cuba y allá me fui. Cuando terminé vine para el ‘Villa Infantil’ como enfermera. Aquí soy feliz. He cuidado a niños que actualmente entran por el pontón con sus hijos y hasta nietos de mano. Welsis, la cocinera, era gordita, brincaba como un porfia’o en la cuna de la sala de lactantes.

“Si fuera enfermera en un hospital, seguro mis pacientes serían pequeñitos, porque les tengo mucho amor a los niños. No tengo preferencia por ninguno, los quiero a todos”.

Gri, así le dicen los más grandes de esta casa de amor, pronto cumplirá 70 años. Es ágil, pesa menos que un comino y anda en tenis, presta a salir corriendo detrás de sus chiquilines si una emergencia lo requiere.

HORMIGUITA RETOZONA
“A los revoltosos de preescolar les digo: ‘No corran, que el carro nos lleva para el Pediátrico, pero yo tengo que pagar el regreso’. Por suerte, hace tiempo que no tengo que correr con uno. Debería pedir todos los pesos que he gastado en estos 50 años para comérmelos de helado.

“Estoy clara todavía, me acuerdo de todo. A veces hablo alto y me pongo peleona, pero no con los niños, con ellos nunca, sino con las educadoras. Pero ellas me quieren. Me preguntan: ‘Cuándo te jubilas. Te vamos a extrañar’ y les digo: ‘De aquí no me voy’ .Tengo que jubilarme…, pero no quiero”.

Griselda Morales Corona se ha puesto triste. Pero en la “Villa” las lágrimas no son bienvenidas. Jorgito, de sexto año de vida, se percata y le dice: “Pero si la casa de los abuelitos está ahí mismo”. Y al instante le roba una carcajada.

Cuenta Marisol Fuentes, seño y traductora cuando la emoción esconde las palabras, que “la suegra le cuidó sus hijas para que se dedicara completamente al trabajo. Y así lo hizo. Viajó 30 años desde Velasco y siempre llegaba temprano. Ojalá las nuevas generaciones la tomen como ejemplo”.

ADIÓS, SEÑORA, QUE YA ME VOY
“Los círculos infantiles hoy están mejor preparados. Surgieron para que la mujer cubana se incorporara al trabajo, pero educan a los niños de forma integral. Ahora todas las seños tienen un alto nivel profesional.

“Cuando el aniversario 40, las fundadoras activas nos encontramos en La Habana. Allí compartimos con Vilma. ‘Nos vemos en los 50’, prometió y yo dije: ‘Si Dios quiere’, pero el destino no quiso que compartiera nuestras 50 razones para regresar cada día a la infancia”.

La única fundadora activa de los círculos infantiles en la provincia quiso escurrirse: “Dile a la periodista que no estoy”. Sin embargo, minutos más tarde la lente esperó porque: “Tengo que darme una pintadita y echarme perfume”. Así es Griselda Morales, inquieta y astuta como sus párvulos, se le conquista con un beso y se calma con ingenuos ardides.

Colorín colorado, este cuento se ha acabado, y el de ella está por comenzar en algún rincón del reino de los chicuelos.

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