Guiños como Premio

Los ojos de la madre tienen un brillo húmedo. Vive en un ambiente aséptico hace 2 años. Solo las sonrisas de Meilan alegran sus días. El sol la toca a través del cristal y la noche le parece eterna. Pero esta no es su historia.

Prefiere hablar de quienes ingenian hasta lo imposible para que la felicidad no abandone su rostro. La garganta se contrae y un suspiro arranca la gratitud de sus labios: “Válgame el cariño de todos aquí, porque no es fácil”.

Esther asegura que su familia ha crecido. La Unidad de Cuidados Intensivos del Hospital Pediátrico Octavio de la Concepción de la Pedraja ahora es su casa.

“La sala más linda de Cuba”, como la dibuja el doctor Carlos Córdova, jefe del Servicio, nació 28 años atrás. “En 1981, a raíz de la epidemia de dengue que provocó más de 100 niños fallecidos en todo el país, Fidel decide que en todas las capitales provinciales se cree una unidad especializada para atender al paciente en estado grave. Un año después se inaugura la nuestra”.

Más allá de las fronteras de Holguín, crecen pacientes que un día fueron asistidos por el personal médico que aquí labora, alrededor de 15 mil niños en casi tres décadas. En Cuba, este Servicio es reconocido por su elevado índice de supervivencia: la muerte ha arrebatado a pocos pequeños de las sabias manos de estos especialistas.

Meilan llegó a la sala con cuatro meses y pronto cumplirá tres añitos. Su estadía en el centro le cuesta al Estado alrededor de 300 pesos diarios, sin embargo, sus padres nunca han pagado un centavo. “Generalmente es imprescindible su presencia en Terapia Intensiva, aunque tiene etapas de mejoría en las que pudiera salir del Hospital. Por supuesto, para una casa cerca del Hospital, pero la familia vive a 20 kilómetros, y eso hace imposible que abandone la institución”, aclara Córdova.

Once médicos, junto al personal de enfermería, entregan sus horas sin reproches para “salvar a estos ángeles”. “Si en el día una de nuestras 10 camas queda vacía, porque el niño se recuperó, las horas de sueño perdidas valieron la pena”, asegura el enfermero Tomás de la Peña.

El material tecnológico asistencial de la Unidad es envidiado por muchas instituciones de salud en el mundo: los equipos de ventilación mecánica SERVO cuestan miles de dólares en el mercado internacional.

Andrés, el doctor que Meilan prefiere

La pequeña tiene sus doctores preferidos. Andrés Matos es uno de ellos. El Máster en Urgencias Médicas revela: “Meilan padece el síndrome de Werdning Hoffman, que se caracteriza por hipotonía muscular. No es capaz de sentarse sola. Además, tiene una traqueotomía, necesita oxígeno permanente”.

Esther aprendió a aspirarla con ayuda de las enfermeras. No renuncia a la posibilidad de que un día su niña estará otra vez en casa bajo condiciones de oxígeno-aspiración.

Los abuelos maternos permanecen día y noche en el local para familiares de pacientes graves. Durante este tiempo, han recibido no pocas muestras de solidaridad. Amigos y vecinos están pendientes de cada detalle, necesidad o solicitud. Parientes y conocidos han recolectado dinero para ayudarlos. “El puré de Meilan se le puede hacer aquí, pero todos los días lo traen desde Floro Pérez”, cuenta Córdova.

Tener niños durante mucho tiempo en cuidados intensivos es un reto. “Al riesgo de la enfermedad de base, se suma el medio agresivo a que se somete el paciente. Además, el estrés constante que provoca estar en una sala con estas características influye en la recuperación de los niños”, explica el doctor Andrés.

Allí todos velan por que la niña conserve su mirada de princesita. No le han faltado juguetes ni fiestas de cumpleaños. Y ella no es la única privilegiada. En el cubículo de enfrente está Alfredito. Sufre una parálisis cerebral infantil. Hace 10 años vino por primera vez y desde entonces se roba la atención y el cariño de los facultativos.

“Es inevitable el sentimiento de familiaridad que nace entre el personal de la sala, pacientes y familiares. Al final, terminamos siendo una gran familia”, asegura Matos.

Los pasos del profesor Luis Rodríguez y de la enfermera Dainy Pupo se perciben en el estéril e inmenso pasillo que une los cubículos. Ambos lo recorren decenas de veces en el día. Uno, fue jefe del Servicio por más de 26 años; la otra, dicen que puede convertir un pinchazo en caricia.

Mientras Julia Vidalina, enfermera fundadora, atestigua con sus palabras los finales tristes o alegres que guardan las frías paredes de esta sala, ubicada en la segunda planta del Hospital Pediátrico de Holguín.

Pocas mujeres se atreven a elegir este “sacerdocio de amor y esfuerzo”, como lo describe Yaquelín Fontes: “La profesión de un médico intensivista demanda sacrifico, pero premia con la sinceridad de un guiño infantil. Cada niño salvado es un sueño que no se apaga, una familia agradecida eternamente…”.

Ellos retan al destino. Con bata blanca o verde se aferran a la vida, para dar más Vida. Su desvelo lucha por convertir cada quiebre en latido y solo esperan a cambio una sonrisa. Todo, porque sus manos contrajeron el enorme compromiso de salvar él ángel de un niño.

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